
Todos
adorábamos Los años maravillosos por
alguna razón. Tal vez porque estaba buenísima. Para empezar, abría con la única
canción de los Beatles que me gusta más hecha por otro, With a little help from my friends. Queremos a Ringo y el
enganchando que mete con Sgt. Pepper nos
encanta. Pero Joe Cocker no solo le
pone unos huevos terribles, sino que canta además como un negro hijo de puta en
esa versión -más propia de Zeppelin- que abría la serie, un maldito perro
inglés. A mí en lo personal me gustaba la cosa retro, como a todos. Aún hoy me
pasa. Cuando vimos la serie eran los noventa, que serían como los sesenta de
ahora. Yo tenía la sensación de que todo tiempo pasado era mejor. Pienso que los primeros en leer La Eneida de Virgilio, tuvieron una
experiencia más sublime que la que yo tengo leyendo toda la basura que editan
hoy, incluyendo las biografías. Cuando venían mis tíos de Buenos Aires o amigos
de mi viejo, siempre hablaban de los sesenta. De cómo era ser adolescente en
los sesenta. De cómo era ir a bailar o escuchar los discos de Club del Clan. De
lo seguro que resultaba irse de mochilero. Los noventa, en cambio, estaban
plagados de desenfado y pibes con arito que empezaban a fumar marihuana para
divertirse. Los noventas eran una versión ácida y malhumorada de los sesenta.
Lennon fue Cobain y Vietnam la Guerra del Golfo. Uno tenía la certeza de que el
pasado era mejor. Los colores eran más brillantes. La tela de la ropa más
gruesa. Las chicas más lindas, con más carne (una tetona de aquel entonces hoy
pasa por gorda directamente). Los autos eran enormes, con motores V8. Los
Beatles y los Stones tenían veintipico de años. Todavía se miraba la luna sin
la huella de Neil Armstrong.
Ambientada a finales
de los sesenta y principios de los setenta, Los
años maravillosos fue una serie costumbrista, con una buena dosis de
edulcorante yanqui. Todo asunto
dramático derivaba en el lagrimón; si el padre (Jack) se enojaba, como
frecuentemente lo hacía, era porque se escondía detrás de eso una enseñanza
ética. En los golpes y la brutalidad del hermano mayor, Wayne, como también en
su idiotez, se escondía una muestra verticalista de cariño varonil. En cualquier
cuento de Lamborghini, Wayne sodomizaría a Kevin varias veces por capítulo. En Los años maravillosos no pasa de golpes,
guerras de almohadas, robo de dinero o insultos varios.
Un personaje
interesante, en el sentido en que Marge Simpson lo es, es Norma, la mamá. Detrás
de su sumisión está la abnegación de la madre estoica. Sabemos, por ejemplo,
que ella dejó la universidad y se mudó al otro lado del país siguiente a Jack. Siempre
me pareció que el personaje de ella era el único que, con una vueltita de rosca, parece salido
de un cuento de Raymond Carver. Nada nos cuesta imaginar a esa rubia
estadounidense tipo que vive en un suburbio, tomando vodka o vino a escondidas,
fumando con nerviosismo por las mañanas. Una mujer así seguramente sufriría ataques de
pánico o acaso desarrollara una bipolaridad.
Pero, si bien
era costumbrista, no era por eso obligadamente realista. Para mí presentaba un
ideal colectivo para la clase media, que era la que más se veía representada.
Los Arnold vivían en un suburbio prolijo de un pueblo estadounidense. Esas
calles tranquilas, con algún auto sedan estacionado y chicos andando en
bicicleta. Hileras de árboles, uno enfrente de cada casa con la cerca de madera
blanca y el jardín verde hasta la entrada. Esa calle por la que se van
hablando, al final de la película, Bruce Willis y el negro en El último boy scout. Los Simpson también
viven en un lugar así, un lugar tan común y promedio que es más bien un “no
lugar”. En un cuento, Borges dice que
todos los pueblos son iguales, hasta en eso de creerse distintos. Algo parecido
ocurre al pensar en el impersonal Springfield, por ejemplo.
Como casi todo
lo televisivo estadounidense, había una bajada de línea moral. De la buena, de
esa de la que hace de uno un buen hombre o mujer o niño. Un buen patriota. Nada
se salía de cuadro. Hasta la hija mayor, que se había hecho hippie contra todo
pronóstico en un hogar conservador, en el último capítulo reaparece embarazada.
Su rebeldía es producto de la confusión de la juventud. Finalmente ella sigue
el camino correcto. También Wayne, que después de la muerte del padre, Jack,
sienta cabeza y se hace cargo de la fábrica de muebles. Es todo un símbolo que
el final transcurra justamente un 4 de Julio, día de la Independencia de los
Estados Unidos de Norteamérica. Hay un desfile en la calle principal y todos
agitan banderas. Una vez, una estudiante recontra de izquierda de la facultad
me dijo que los yanquis te descontaban impuestos si en tu película ponías la
bandera yanqui. La conversación se había dado creo que sobre eso, lo mucho que
aparecen las barras y las banderas en productos de todo tipo, incluidos el cine
y la televisión. Me sentí desilusionado de que la bandera apareciera en
películas que me gustaban o de autores que respetaba, como por ejemplo en esa
escena en la oficina de 2001, Odisea del
espacio. La verdad es que hoy, si yo fuera director y en verdad me
descontaran impuestos por mostrar la bandera en mi película, lo haría sin
ningún tipo de miramiento. Entre pagar más o pagar menos, pagaría menos. Es
precisamente con una banderita en la mano que Kevin y su padre Jack se
reencuentran.
En un ensayo,
Fabián Casas dice que la nostalgia es algo que nos salva del tiempo presente.
Como otros antes que él, nota que el tiempo se detuvo y ya no hay innovaciones
o que como sociedad o especie ya no podemos hacer nada nuevo. El final de la
historia, como dijo un japonés. Por eso, según él, se produjeron los nueve
shows seguidos en River de The Wall. Dice
que Waters se convirtió en una banda tributo a sí mismo porque es mejor
presentar una obra que ya tiene 30 años que algo nuevo. En todo caso, las pequeñas
o grandes variaciones nos conforman, pero sólo cambiamos el tono, no el fondo. Si
antes se criticaba al nazismo, ahora se critica a Nike. Se reúnen las viejas
bandas, como Police, Zeppelin o Genesis. Si no se reúnen, porque están peleados
o porque alguno murió, sacan material que durante años se llenó de polvo en
alguna disquera por considerarse “inescuchable”. Si no queda nada nuevo, se
vuelve sobre lo ya hecho. Se lo remasteriza, se lo presenta en un formato
vistoso, se le agregan outakes o rehearsals. Se
vuelven a editar las viejas películas bajo la novedad de director’s cut,
con escenas que en principio habían sido descartadas, ahora en dvd de alta
definición cuya edición es una suerte de souvenir. Supe hace poco que Ridley
Scott planea una segunda parte de Blade
Runner. Salvo por El padrino, de
Coppola, o en el caso del mismo Scott la secuela de Alien, o incluso Terminator de
Cameron, cuya segunda película es genial, las segundas partes no son para nada
buenas, porque son innecesarias. Ninguna más innecesaria que Blade Runner, película de culto si las
hay dentro del género de la ciencia ficción.
La nostalgia tiene tan buena prensa porque no nos interesa el presente. nuestro desinterés del presente lo contamina todo. Todo lo tamiza. Por ejemplo la final del mundial de fútbol de Brasil: se vivió en un tiempo que no era en el que estaba ocurriendo. Muchos, durante ese domingo, trataron de recordar lo que habían hecho en las finales anteriores (si es que las vivieron), cómo se habían vivido los días y aún más las horas previas. Más aún pesó el futuro: ante la posibilidad de ganarle a la maquinaria alemana, muchos trataron de fijar en sus memorias cada detalle de ese domingo, multiplicando incluso ademanes y palabras innecesarias, como si supieran que estaban haciendo de algún modo historia. Es decir, en este último caso la nostalgia los ganaba por anticipado. Se me ocurre que ahora, al ver la serie, ya no experimentaremos la nostalgia de los sesenta, como lo hicimos al verla por primera vez. Pienso que la nostalgia ahora será por los noventa, por aquellos que fuimos mientras daban la serie. La única manera de vivir el tiempo presente, se me ocurre, es cuando se corta la luz y uno no puede enchufar nada ni ver un viejo álbum de fotos. Si es que esto último sigue existiendo.
La nostalgia tiene tan buena prensa porque no nos interesa el presente. nuestro desinterés del presente lo contamina todo. Todo lo tamiza. Por ejemplo la final del mundial de fútbol de Brasil: se vivió en un tiempo que no era en el que estaba ocurriendo. Muchos, durante ese domingo, trataron de recordar lo que habían hecho en las finales anteriores (si es que las vivieron), cómo se habían vivido los días y aún más las horas previas. Más aún pesó el futuro: ante la posibilidad de ganarle a la maquinaria alemana, muchos trataron de fijar en sus memorias cada detalle de ese domingo, multiplicando incluso ademanes y palabras innecesarias, como si supieran que estaban haciendo de algún modo historia. Es decir, en este último caso la nostalgia los ganaba por anticipado. Se me ocurre que ahora, al ver la serie, ya no experimentaremos la nostalgia de los sesenta, como lo hicimos al verla por primera vez. Pienso que la nostalgia ahora será por los noventa, por aquellos que fuimos mientras daban la serie. La única manera de vivir el tiempo presente, se me ocurre, es cuando se corta la luz y uno no puede enchufar nada ni ver un viejo álbum de fotos. Si es que esto último sigue existiendo.
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